¿Quiere saber por qué las encuestas de la revancha electoral entre el presidente Biden y el expresidente Trump reflejan un margen tan pequenõ entre uno y otro? Pues, todo parece reducirse a aquello que dijo James Carville en el 1992, “it’s the economy, stupid”.

57 %: esa es la proporción de estadounidenses que calificaron la economía como buena o excelente en enero de 2020, justo antes de que la pandemia de COVID-19 causara estragos a nivel mundial. Esa cifra, extraída de una encuesta del Pew Research Center, refleja un hecho clave que da forma a la contienda electoral: la mayoría de los estadounidenses recuerdan la presidencia de Donald Trump y recuerdan una economía que les convino.

¿Y hoy? En la encuesta más reciente de Pew, solo el 28 % califica la economía como buena o excelente. Hay que poner en perspectiva el hecho de que ese porcentaje refleja una gran mejora con respecto a lo que reflejaba la encuesta a principios del 2023, pero todavía está muy lejos del positivism que reflejaba hace cuatro años.

Algunas personas miran el sólido apoyo que Trump obtiene de sus partidarios más comprometidos y se desesperan porque entienden que no ha pagado un precio por su caótica respuesta al COVID-19, los múltiples cargos criminales que enfrenta, la sentencia por agresión sexual y difamación en su contra, su respaldo al motín del 6 de enero en el Capitolio de Estados Unidos, etc.

Sin embargo, propongo que las cifras económicas proporcionan evidencia de lo contrario: Trump ha pagado un precio. Si fuera un candidato común y corriente y no cargara con el peso de los esqueletos que le persiguen, con toda probabilidad tendría una ventaja sostenida frente a un incumbente que ha luchado contra una alta inflación, bajos índices de aprobación y preocupaciones sobre su edad. El hecho de que las encuestas los pongan a escasos puntos porcentuales mide cuánto le pesa a los electores el carácter y el comportamiento de Trump.

Las preocupaciones de los votantes sobre la aptitud de Trump para el cargo no desaparecerán. En todo caso, la atención sobre sus problemas legales probablemente se intensificará desde ahora hasta el día de las elecciones, especialmente si alguno de los cuatro casos criminales en su contra llega a juicio. Las encuestas varían sobre el impacto que tendría una condena criminal en el apoyo a Trump, pero no hay duda de que provocaría que algunos votantes ambivalentes le retiraran el apoyo o desistieran de verlo como alternativa.

Por el contrario, la carga de las preocupaciones sobre económia que pesa sobre los ombros de Joe Biden ha comenzado a aliviarse.

Antes de continuar, hay que tener en cuenta una advertencia crucial: vivimos en una era de hiperpartidismo. Como escribió recientemente el analista político Lee Drutman, Estados Unidos tiene un electorado 40-20-40: el 40 % está firmemente arraigado en cada lado, y el 20 % restante son en su mayoría votantes con poca información que no prestan mucha atención a las noticias y solo a veces vota. No hay casi nada que Trump o Biden puedan hacer para cambiar la opinión del 40 % del otro lado. En cuanto al 20 % restante, sí importa cómo se sienten acerca de sus circunstancias económicas. No es lo único, pero es algo sumamente importante para ellos.

Desde finales del año pasado, las percepciones de la economía han comenzado a mejorar. El índice de confianza del consumidor publicado el pasado martes, proporciona la evidencia más reciente. El índice ha aumentado ahora por tercer mes consecutivo y se sitúa en su punto más alto desde diciembre de 2021.

El aumento de la confianza del consumidor en enero probablemente reflejó una inflación más lenta, la anticipación de tasas de interés más bajas en el futuro y condiciones de empleo generalmente favorables. Los consumidores están empezando el año con buen ánimo respecto a sus finanzas actuales.

En teoría, eso debería ser cierto: la mejoría en la opinión de los potenciales electores sobre la economía debería brindar impulso a la candidatura de Biden.

Algunas encuestas han comenzado a mostrar ese impulso. Una encuesta de la Universidad de Quinnipiac publicada el pasado miércoles, por ejemplo, mostró que Biden obtenía una pequeña ventaja sobre Trump, 50 %-44 % a nivel nacional, en un enfrentamiento hipotético. En diciembre, la encuesta de Quinnipiac tenía a ambos esencialmente empatados.

Las encuestas de Quinnipiac han tendido a ser un poco más favorables a Biden que el promedio, y otras encuestas recientes no han reflejado un repunte para el presidente. Una encuesta de CNN publicada el jueves pasado reflejaba a Trump con una pequeña ventaja, 49 %-45 %, sin cambios respecto a este otoño.

Una de las razones por las que las mejores noticias económicas no le han dado a Biden más beneficios es que algunos distritos demócratas importantes no lo sienten del todo. Esto es especialmente cierto en el caso de los estadounidenses más jóvenes.

Entre los demócratas veinteañeros, por ejemplo, solo 1 de cada 4 ve la economía de manera positiva, según la encuesta de Pew. La proporción que tiene una opinión positiva fue aproximadamente 1 de cada 3 entre los demócratas de entre 30 y 40 años, más de la mitad entre los de 50 a 64 años y el 70 % entre los de 65 años o más, según la encuesta. Los republicanos en general tienden a ver la economía de manera negativa, lo que refleja el impacto que el partidismo tiene en las percepciones económicas.

Las razones por las que los estadounidenses más jóvenes podrían tener una visión más negativa no son difíciles de comprender: los jóvenes tienden a tener ingresos más bajos porque recién están comenzando sus carreras, y los hogares de bajos ingresos sienten un impacto más agudo por los precios más altos como consecuencia de la inflación. Los más jóvenes también tienden a tener menos ahorros y menos seguridad laboral, lo que los hace más susceptibles a los problemas económicos. Quienes son padres enfrentan altos costos por el cuidado de sus hijos. Además, las tasas de interés más altas que la Reserva Federal ha utilizado para reducir la inflación tienen un impacto especialmente severo en los jóvenes porque hacen que comprar una casa sea mucho más difícil.

Si la Reserva Federal reduce las tasas de interés a finales de este año, como se espera que lo haga, parte de ese dolor económico podría disminuir. Eso será importante para Biden, quien se beneficiaría enormemente de una fuerte participación entre los votantes jóvenes de tendencia demócrata.

La señal más reveladora de que la economía no está perjudicando tanto a Biden como antes es que los republicanos no hablan tanto de ello. Entre los votantes republicanos, la economía ya no es el principal tema de preocupación. En su lugar, la inmigración y la frontera han pasado a la cima, según muestran encuestas recientes.

En este momento, las preocupaciones sobre la inmigración afectan fuertemente al Partido Republicano: los votantes en los principales estados indecisos dicen que confían más en los republicanos que en los demócratas para manejar los problemas en la frontera, y el partido está haciendo todo lo posible para mantener el tema en primer plano. Ese es el ímpetu político detrás del esfuerzo de los republicanos de la Cámara de Representantes para destituir al secretario de Seguridad Nacional, Alejandro N. Mayorkas.

Pero la inmigración es un tema mucho más polarizante que la economía; después de todo, casi nadie está a favor de una inflación alta, pero muchos estadounidenses sí están a favor de la inmigración. Durante la presidencia de Trump, los votantes retrocedieron ante sus duras políticas hacia los inmigrantes, especialmente la separación de los niños de sus familias. Los demócratas esperan que la falta de voluntad de los republicanos para llegar a acuerdos sobre la legislación fronteriza repercuta en su beneficio.

Es posible que el estado de la economía nunca sea una ventaja para Biden, pero si la mejora de la opinión sobre la economía a nivel nacional hace que el tema pase de ser un problema importante a algo cercano a neutral, los demócratas habrán logrado un objetivo importante.

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El Congreso estadounidense que se ha caracterizado por establecer récords por falta de consenso, puede estar a punto de hacer algo que no se esperaba: aprobar un proyecto de ley que podría sacar a medio millón de niños de la pobreza el próximo año. La propuesta, que la Cámara podría aprobar esta semana, implica un crédito contributivo ampliado para padres de niños de 16 años o menos. El crédito propuesto es una versión reducida de un plan que se aprobó durante el primer año en funciones del presidente Biden, pero que solo duró un año.

Desde entonces, revivir alguna versión de dicha medida ha sido una de las principales prioridades de los demócratas del Congreso. A principios de este mes, los presidentes de los dos comités de redacción de impuestos del Congreso, el senador demócrata Ron Wyden y el representante republicano Jason Smith, llegaron a un acuerdo para que esto se hiciera realidad. Luego, su propuesta obtuvo la aprobación del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes, controlado por los republicanos, por 40-3, el tipo de votación bipartidista que ahora es poco común en Washington.

Al tratarse del Congreso, es posible que el acuerdo se haga sal y agua en cuestión de días. Algunos miembros de la Cámara amenazan con oponerse a la medida por un asunto fiscal no relacionado. En el Senado, a algunos republicanos conservadores no les gusta ampliar el crédito contributivo por hijos por motivos ideológicos. Pero la aprobación por amplio margen que refleja la votación en el comité de redacción de impuestos de la Cámara de Representantes da indicios de que el proyecto de ley tiene grandes posibilidades de ser aprobado. Se trata de un avance poco común en un Congreso estancado por las pugnas políticas, sobre todo mientras más se acercan las elecciones.

Cuando comenzó el crédito contributivo por hijos, allá por el 1997, se trataba una pequeña bonificación que ayudaba principalmente a familias de clase media. Los contribuyentes tenían derecho a deducir 400 dólares de sus impuestos sobre ingresos por cada hijo menor de 17 años. Eso ayudó a las familias con ingresos medios, pero no hizo gran cosa por el gran número de contribuyentes que no adeudan contribuciones sobre ingresos (actualmente alrededor del 40 % de los hogares en todo Estados Unidos).

A partir de 2001, los defensores de las familias de bajos ingresos impulsaron un cambio para permitir que las familias recibieran parte del dinero aún si no tenían obligación de pagar contribuciones sobre ingresos. A esto se le conoce como un reembolso en la jerga fiscal y es clave para que el crédito contributivo funcione como medida contra la pobreza. En ese entonces, el argumento principal fue que si el gobierno federal iba a utilizar el código de rentas internas para asistir a las familias con niños, debería enfocarse primero en los más necesitados.

En el 2021, los demócratas que apoyaban la ampliación del crédito contributivo obtuvieron su mayor victoria: una medida adoptada como parte del plan de recuperación de COVID-19 de Biden que lo aumentó a $3000 por niño, lo hizo completamente reembolsable y permitió que el dinero se pagara en mensualmente, en lugar de un reembolso de una suma global.

Pero los demócratas no tenían los votos para mantener el crédito ampliado. Los republicanos denunciaron la medida como un incentivo para que los pobres dejaran de trabajar. Entonces, cuando el senador Joe Manchin se negó a hacer que el plan fuera permanente, el crédito agrandado murió después de un año. Al año siguiente, estima la Oficina del Censo, el número de niños en situación de pobreza volvió a aumentar en aproximadamente 5 millones.

El acuerdo logrado por Wyden y Smith no va tan lejos como el plan del 2021, pero ampliaría la reembolsabilidad para cubrir a la mayoría de las familias con al menos algunos ingresos. Además, garantizaría que aquellos que califican obtengan el monto total del crédito por cada hijo, eliminando el límite en la ley actual. Al igual permitiría a las familias calificar contando sus ingresos actuales o los del año anterior, una gran ayuda para los padres, especialmente las madres solteras, que tienen trabajos inestables.

Esos cambios seguirían dejando fuera a los más pobres entre los pobres, aquellos sin ingresos, pero ayudarían a la mayoría de los aproximadamente 17 millones de niños que actualmente reciben menos del beneficio completo porque sus familias no ganan suficiente dinero. La mayoría de esas familias ganan menos de $40,000 al año.

El nuevo plan sacaría de la pobreza a unos 400,000 niños en el primer año y reduciría la pobreza en otros 3 millones, según el análisis varios centros de política pública en Washington, D.C. Para el 2025, cuando el plan esté plenamente implementado, sacaría de la pobreza a alrededor de medio millón de niños y reduciría la pobreza de unos cinco millones más.

En cierto sentido, la negociación ha sido más fácil porque el debate ha estado mayoritariamente fuera de los titulares. Otros temas, como la política fronteriza y la inmigración, han apaciguado la sed del Congreso de obtener puntos partidistas, lo que permite a los redactores de impuestos seguir adelante sin demasiadas disputas politiqueras.

Aun así, nada es fácil en un Congreso estrechamente dividido. A pesar de todo eso, existe una buena posibilidad de que el Congreso pueda enviar la medida fiscal a Biden para su firma antes de la fecha límite de radicación de planillas del 15 de abril, lo que permitirá a las familias aprovechar el crédito ampliado este año. También es una prueba de que los acuerdos bipartidistas todavía pueden funcionar en Washington, al menos cuando las cámaras y los titulares están enfocados en otros asuntos.

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La inmigración ocupará un lugar prominente en la campaña presidencial de 2024 y continuará siendo uno de los temas más divisivos en la nación. Los republicanos pretenderán presentar los problemas en la frontera sur como evidencia de su argumento de que el presidente Biden está fracasando en su gestión para resolver el tema.

El expresidente Trump ha intensificado su ya incendiaria retórica antiinmigrante, acusando a los inmigrantes de “envenenar la sangre” de los estadounidenses. Se centró nuevamente en el tema en su discurso después de ganar los caucus de Iowa la semana pasada, diciendo que si fuera elegido impondría “un nivel de deportación que no hemos visto en la nación en mucho tiempo… desde la administración Eisenhower”.

Los demócratas se encuentran a la defensiva. El apoyo público a la inmigración, que aumentó durante los años de Trump, se ha desplomado desde que Biden asumió el cargo, sin duda, y en parte debido a las escenas caóticas en la frontera. Si bien las cuestiones de inmigración unen a los republicanos, las mismas dividen a los demócratas.

Encuestas recientes proporcionan evidencia clara de las divisiones entre los demócratas: cuando se les preguntó si los inmigrantes en Estados Unidos sin autorización han creado una carga para el país, los votantes republicanos dijeron casi unánimemente que sí. Los demócratas, en cambio, están divididos: aproximadamente 1 de cada 5 expresa que los inmigrantes crean una “carga importante”, 2 de cada 5 entienden que crean una “carga relativamente liviana” y alrededor de un tercio expresan que no son una carga.

El resultado de esto giro en las opiniones sobre los temas de inmigración es un debate unilateral: los republicanos han estado implacablemente al ataque y los demócratas han quedado inevitablemente a la defensiva.

Durante los últimos meses, la Casa Blanca, por ejemplo, ha estado intentando hacer concesiones a los republicanos con la esperanza de alcanzar un compromiso en materia de seguridad fronteriza. Hasta ahora, las conversaciones no han logrado su objetivo, pero el debate ha deteriorado aún más las relaciones entre el presidente y el ala izquierda de su partido.

A medida que el debate avanza, ninguno de los partidos ha tratado seriamente de abordar el problema más importante: ¿cuántos inmigrantes necesita o puede recibir Estados Unidos?

Para cualquier país, la inmigración plantea una mezcla de positivos y negativos. Por un lado, los recién llegados aportan nuevas ideas, nuevos recursos y una vitalidad bienvenida. Las encuestas realizadas a inmigrantes estadounidenses ilustran vívidamente cómo los inmigrantes de hoy son los guardianes de la llama cuando se trata de optimismo sobre el futuro, que alguna vez fue un sello distintivo de la sociedad estadounidense.

Pero los altos niveles de inmigración también pueden traer consigo inestabilidad social. Un gran número de inmigrantes no calificados para aportar puede deprimir los salarios en ciertas partes de la economía, al menos por un tiempo. Y los nuevos residentes con nuevas costumbres pueden generar una reacción violenta, como lo ha visto vívidamente Estados Unidos en los últimos años.

Lograr el equilibrio adecuado es complicado, pero hay que empezar por abordar seriamente la cuestión de qué nivel de inmigración sería óptimo. La respuesta: mucho más, al menos si queremos frenar el envejecimiento de la población a nivel nacional y evitar una disminución demográfica a largo plazo, dicen los demógrafos.

Esta década probablemente experimentará el crecimiento poblacional porcentual más pequeño en la historia de Estados Unidos. Eso es en parte el resultado de la pandemia de COVID-19, que aumentó las tasas de mortalidad y provocó que algunas parejas pospusieran tener hijos. Pero incluso con la pandemia retrocediendo, Estados Unidos se encamina a un crecimiento poblacional muy escaso en los próximos años.

Ese es un gran cambio con respecto al pasado. Desde 1900, la población estadounidense creció principalmente entre un 1% y un 2% cada año. Las excepciones se produjeron durante períodos traumáticos: la epidemia de gripe española de 1918-19, la Gran Depresión. Ahora, según las proyecciones de la Oficina del Censo, es probable que la nación tenga, como máximo, un crecimiento demográfico de alrededor del 4% durante toda esta década. La tasa se desacelerará aún más después de eso.

¿Deberíamos preocuparnos por eso? Algunas personas dirían que no. Entre los activistas medioambientales, por ejemplo, algunos opinan que menos estadounidenses sería algo bueno porque nuestro estilo de vida utiliza más recursos que en otros países. Pero hay otras formas de reducir el impacto estadounidense en el medio ambiente global: una mayor dependencia de la energía renovable, por ejemplo.

Y una disminución de la población estadounidense impone costos reales y elevados. Si planea jubilarse o le preocupa la fuerza militar o la economía del país, definitivamente debe preocuparse por el envejecimiento o la disminución de la población. Una población de mayor edad con un número cada vez menor de trabajadores hace que el financiamiento del Seguro Social u otros programas de jubilación sea mucho más difícil, por ejemplo, porque las aportaciones al sistema por parte de menos trabajadores deben sustentar a un número creciente de jubilados.

Países como Japón e Italia, que están envejeciendo más rápido que Estados Unidos, ya están experimentando los problemas que trae consigo la disminución de la población. Incluso China, que hace décadas adoptó políticas drásticas para contener a su población, ahora está tratando ansiosamente de reiniciar el crecimiento demográfico. Esos países, en particular, no permiten mucha inmigración.

La razón principal del crecimiento más lento es un cambio demográfico que Estados Unidos comparte con casi todos los demás países ricos y desarrollados: las mujeres tienen menos hijos y la población, en promedio, está envejeciendo.

Estados Unidos evitó esa caída por más tiempo que la mayoría de los países desarrollados, principalmente debido a niveles saludables de inmigración desde principios de los años 1980 hasta alrededor de los años 2010. Pero a partir de 2007, con el inicio de la Gran Recesión, las tasas de crecimiento demográfico cayeron y no se han recuperado.

El crecimiento demográfico que se ha producido se ha debido principalmente a la inmigración. El número de inmigrantes que ingresaron a Estados Unidos se desaceleró drásticamente durante los años de mandato del presidente Trump, en parte debido a las nuevas restricciones a la inmigración legal. Bajo el presidente Biden, el nivel se ha recuperado a alrededor de 1 millón en 2021 y 1.1 millones en 2022.

Pero incluso a un ritmo de 1 millón de nuevas llegadas al año, el crecimiento de la población de Estados Unidos se estancaría en unos 40 años y luego comenzaría a disminuir lentamente, según lo ha explicado la Oficina del Censo. Si la inmigración se mantuviera al nivel de los años de Trump, la población estadounidense se estabilizaría en unos 15 años y disminuiría después de eso.

Los defensores conservadores de una menor inmigración a veces argumentan que una disminución puede evitarse mediante políticas que incitarían a las mujeres a tener más hijos. Hasta ahora, sin embargo, estas políticas han fracasado casi universalmente en los países que las han probado, e incluso políticas profamilia rudimentarias, como el cuidado infantil subsidiado, no han logrado ser aprobadas en Estados Unidos, en gran parte debido a la oposición de las mismas figuras políticas conservadoras que quieren menos inmigración.

En ausencia de un aumento dramático, y totalmente improbable, en la tasa de natalidad, mantener el crecimiento de la población estadounidense en algo cercano al promedio histórico requeriría lo que la Oficina del Censo describe como un escenario de “alta inmigración”: alrededor de 1.5 millones de inmigrantes al año.

Quizás, como creen Trump y sus aliados, los estadounidenses simplemente no aceptarán ese nivel de inmigrantes. Sin embargo, si ese es el caso, hay un precio inevitable que pagar: una población que envejece, una fuerza laboral en declive y un Estados Unidos menos vibrante. Una campaña presidencial sería una buena oportunidad para explicar al publico en general lo que representa esa disyuntiva. Pero no debemos apostar a que esto ocurra. Hay poca evidencia de que el parcializado sistema político de Estados Unidos sea capaz de dar paso a un debate serio, detallado y sosegado sobre temas como este.

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Ante la probabilidad de una revancha entre Joe Biden y Donald Trump, las encuestas pronostican otra elección reñida. Esto no es una sorpresa: cuatro de las últimas seis elecciones presidenciales han sido reñidas y, excepto por unos breves periodos, el Congreso también ha estado estrechamente dividido durante más de dos décadas. Estamos en una era de estancamiento electoral que ha desafiado las predicciones de los activistas de cada partido de que su bando está al borde de un gran avance.

En esta coyuntura, tratar de adivinar quién ganará con tanta antelación a la votación es un ejercicio tan sencillo como predecir los números de la lotería. Pero podemos predecir que las siguientes cuatro preguntas contribuirán en gran medida a determinar los resultados.

Desde un punto bajo en 1996, la participación electoral en las elecciones estadounidenses ha aumentado en general a medida que se han acentuado las diferencias entre los dos bandos a los extremos del espectro político estadounidense. La presidencia de Trump aceleró esa tendencia: la proporción de la población adulta estadounidense que votó en 2020 fue la mayor de la historia: más del 60 % de los adultos elegibles.

Debido a que la participación general fue tan grande, la victoria del presidente Biden también fue histórica: al ganar, obtuvo el apoyo de una proporción mayor de la población estadounidense que el que obtuvo el presidente Reagan en su aplastante reelección en 1984. Pero la alta participación en la era Trump tiene efectos en ambos sentidos. La participación republicana también se disparó. El expresidente inspira a sus seguidores, enfurece a sus enemigos y motiva a ambas partes a presentarse a votar.

¿Eso persistirá? Hasta ahora, la evidencia sugiere que nos dirigimos a una caída desde los niveles récord de las últimas elecciones. Los votantes jóvenes no parecen tan interesados como sus homólogos en el 2020. Las encuestas muestran que Biden sufre de un apoyo débil entre los votantes negros y latinos.

Las grandes preguntas son cuánto cae la participación, dónde ocurre y qué lado se ve más afectado. Dado el tamaño de la coalición que Biden formó en 2020, puede permitirse cierta erosión, especialmente en los grandes estados demócratas como California y Nueva York, de la misma manera que el presidente Obama pudo ganar la reelección en 2012 a pesar de una disminución significativa en la participación desde 2008. Pero Biden no puede permitirse el lujo de perder muchos votantes en estados disputados, varios de los cuales tuvieron contiendas cerradas en el 2020.

Sin embargo, los republicanos también están en riesgo. Muchos de los partidarios del expresidente Trump que residen áreas rurales, de mayor edad y menos educados tienen historiales de votación irregulares. Por el contrario, los habitantes de los suburbios con educación universitaria, de cuyo apoyo dependen cada vez más los demócratas, son votantes muy consistentes.

Generaciones de demócratas crecieron creyendo que una alta participación siempre ayuda a su bando. Es hora de acabar con ese mito: en la política estadounidense actual, el saber a quién beneficia la alta participación es casi como tirar una moneda al aire.

¿Comenzarán los votantes a sentirse mejor acerca de la economía?

Una de las características más llamativas de 2023 fue la marcada divergencia entre el panorama de la economía que pintan las estadísticas (una de las mejores) y la opinión de la mayoría de los estadounidenses (una de las peores). Abundan las teorías sobre el motivo de la brecha: escribí sobre varias de las principales posibilidades en noviembre. La mayoría de las conjeturas involucran el impacto persistente de la alta inflación que sufrió Estados Unidos en el 2022 y principios del 2023, agravada por el partidismo y el trauma psicológico de la pandemia de COVID-19.

Sin embargo, cualquiera que sea la explicación, la sombría visión de la economía ha sido una gran parte de la caída de Biden en los índices de aprobación durante el pasado año. Una gran pregunta para su reelección es si los votantes comenzarán a sentirse mejor con respecto a la economía si la inflación se mantiene baja en el 2024 y la Reserva Federal comienza a reducir las tasas de interés como se espera.

Hay cierta evidencia de que las opiniones de los consumidores han comenzado a mejorar. Por ejemplo, el índice de confianza del consumidor del Conference Board mejoró en diciembre. Una segunda medida del estado de ánimo de los consumidores, el Índice de Sentimiento del Consumidor de la Universidad de Michigan mostró mejoras en la opinión de los estadounidenses sobre las condiciones económicas actuales y sus propias finanzas personales, aunque las expectativas sobre las condiciones comerciales futuras disminuyeron. Hace tres décadas, el estratega del presidente Bill Clinton, James Carville, declaró: “It’s the economy, stupid”. Esto sigue siendo cierto en gran medida, incluso si el número de votantes indecisos ha disminuido drásticamente desde entonces.

Las condiciones económicas serán especialmente cruciales para un gran grupo: los demócratas que están resentidos con Biden. La encuesta más reciente de YouGov para The Economist, por ejemplo, encontró que Trump y Biden estaban empate en un enfrentamiento hipotético. Una gran razón: el 15 % de los votantes de Biden en 2020 dijeron que actualmente no planean volver a votar por él. Mejorar las opiniones sobre la economía podría hacer que muchos de esos votantes vuelvan a brindarle su confianza a Biden en las urnas.

¿Cómo verán los votantes los problemas legales de Trump?

La mayoría de los estadounidenses dice que Trump es culpable de conducta criminal en sus esfuerzos por anular las elecciones de 2020. Una encuesta del Washington Post/Universidad de Maryland publicada el miércoles encontró que el 56 % de los estadounidenses dice que es definitivamente o probablemente culpable, en comparación con el 33 % que dice que es definitivamente o probablemente inocente.

Un jurado podrá llegar a emitir su veredicto antes de las elecciones. Sin embargo, el equipo legal de Trump ha realizado múltiples esfuerzos para retrasar cualquiera de los cuatro juicios criminales que éste enfrenta: dos en un tribunal federal, uno en un tribunal estatal en Georgia y uno en Nueva York. Es muy probable que consigan retrasar el juicio por conspiración electoral, cuyo inicio está previsto actualmente para el 4 de marzo.

Aún así, hay muchas posibilidades de que al menos uno de los juicios se lleve a cabo este año. Si Trump es condenado, ¿cómo reaccionarán los votantes? Los principales partidarios de Trump no lo abandonarán, pase lo que pase. Pero varias encuestas, incluida una reciente del Wall Street Journal, sugieren que un número pequeño pero significativo de votantes que respaldan a Trump se alejarían de él. La gente es notoriamente mala a la hora de predecir cómo reaccionarían ante algo que no han experimentado, pero incluso en estos tiempos tan partidistas, parece probable que algunos estadounidenses se resistan a votar por un delincuente convicto.

¿Podrá Biden convencer a los votantes de que está a la altura del cargo?

En 2020, Biden aprovechó la percepción de los votantes de que la presidencia de Trump era un caos. El mal manejo de la pandemia por parte de Trump ayudó enormemente en ese esfuerzo. Esta vez, Trump espera ponerle la etiqueta de caos a su sucesor. Los republicanos señalan repetidamente los problemas en la frontera, incluso mientras bloquean las medidas legislativas que la administración ha propuesto para tratar de solucionarlos.

También han avivado el miedo de los estadounidenses al crimen, y Trump dice al público que si fuera presidente, ni la guerra en Ucrania ni la del Medio Oriente estarían ocurriendo.

Algunas de las afirmaciones del Partido Republicano contradicen la realidad: la delincuencia ha disminuido drásticamente, por ejemplo. En 2023, los homicidios en todo el país tuvieron una de las caídas más pronunciadas de la historia.

Pero el argumento del caos no se trata realmente de hechos, sino de la sensación que tienen muchos votantes de que el país va por el camino equivocado y que Biden no está a la altura del cargo y las responsabilidades que conlleva. Más que nada, la elección puede depender de si Biden puede disipar esa impresión.

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La posición del presidente Joe Biden en las encuestas más recientes es preocupante, genera pánico entre muchos demócratas y una serie de teorías sobre lo que está mal. Es demasiado conservador, dicen los progresistas; demasiado liberal, según los centristas. Y, por supuesto, casi todo el mundo menciona su edad. Pero ¿qué pasa si todo eso pasa por alto la historia real? ¿Qué pasa si el principal problema que enfrenta Biden no es realmente Biden?

El Presidente tiene 81 años. No hay duda de que eso es un problema político. Pero si la edad fuera el único factor que influye en la posición electoral, ¿qué explicaría la posición del primer ministro canadiense Justin Trudeau, de 51 años? Su índice de aprobación actual de 31 % hace que el 38 % de Biden parezca casi positivo.

Se podría argumentar que Trudeau es un caso especial: recientemente comenzó su noveno año en el cargo y es posible que haya agotado su aceptación entre el electorado canadiense. Pero si es así, ¿qué se puede decir sobre el primer ministro británico, Rishi Sunak? Lleva apenas un año en el cargo y solo el 21 % de los británicos están satisfechos con el trabajo que está haciendo. El opositor Partido Laborista lidera a los conservadores de Sunak con un 41 % vs 24 % en una mirada hipotética a las próximas elecciones británicas, que Sunak debe convocar para enero de 2025.

Podríamos continuar con ejemplos adicionales, pero a estas alturas el punto debe quedar claro: en todo el mundo, los líderes de las naciones desarrolladas están luchando contra bajos índices de aprobación. Para cada uno hay factores individuales que a menudo se citan para explicar sus problemas: edad, mandato prolongado, desacuerdos sobre políticas internas, etc. Todos esos factores son reales y tienen un impacto, pero si damos un par de pasos hacia atrás y observamos el patrón general, es difícil no concluir que algo más grande está en juego.

Un patrón similar surge si observamos los índices de aprobación de los presidentes durante los últimos 70 años. Comenzando con el presidente Eisenhower y pasando por el presidente George H.W. Bush, los líderes estadounidenses durante 40 años pasaron la mayor parte de su mandato con índices de aprobación superiores al 50 %. Los períodos en los que los presidentes cayeron por debajo del 50 % correspondieron a importantes traumas nacionales: la escalada de la guerra de Vietnam en los últimos años del mandato del presidente Johnson, el escándalo Watergate para el presidente Nixon y la crisis de los rehenes en Irán para el presidente Carter.

Los últimos 20 años (desde la reelección del presidente George W. Bush en 2004) reflejan una realidad distinta: excepto por períodos breves, incluidas las lunas de miel al comienzo de sus mandatos, ninguno de los presidentes desde entonces ha superado el 50 % de aprobación durante un tiempo sostenido. El presidente Trump nunca obtuvo la aprobación mayoritaria en sus cuatro años en el cargo; Biden estuvo por encima del 50 % durante sus primeros meses, pero pronto cayó por debajo.

Al igual que en la comparación internacional, se pueden identificar razones individuales por las que cada presidente no ha logrado obtener el apoyo mayoritario, pero el patrón persistente sugiere una explicación más amplia. La posible explicación no es un secreto: presidentes como Eisenhower disfrutaron de la aprobación mayoritaria durante un período de crecimiento económico sostenido y ampliamente compartido que elevó los niveles de vida de la mayoría de los estadounidenses. No mucho después de que ese crecimiento persistente diera paso al estancamiento de los ingresos y al aumento de la desigualdad, los índices de aprobación que reflejaban aprobación por la mayoría del electorado se convirtieron en cosa del pasado.

Esos factores contribuyeron a una fuerte caída en la creencia de que los líderes políticos velan por los intereses de los ciudadanos promedio. La confianza en el gobierno ha caído en Estados Unidos a medida que aumentó la proporción de estadounidenses que piensan que el país va por el camino equivocado y las líneas partidistas se han endurecido. Todo eso conduce a una menor aprobación del trabajo de los presidentes. A esto se suma el impacto continuo de la pandemia de COVID-19. Como escribí recientemente, muchos estadounidenses han tratado de dejar atrás la pandemia y han dejado de hablar de ella, pero el trauma que causó en todo el mundo no desaparecerá tan fácilmente. Seguimos siendo una sociedad en recuperación.

El hecho de que Biden comparta su impopularidad con otros líderes no hace que sus dificultades sean menos reales. Sin embargo, la comparación con otros debería hacer que la gente sea un poco más escéptica ante la creencia de que a algún otro demócrata le iría significativamente mejor. Si la realidad subyacente en todos estos países es que los votantes descontentos castigan al partido que está en el poder, entonces reemplazar a Biden con otra cara no necesariamente resolverá nada.

No obstante, Biden enfrenta serias dificultades, como lo muestran las cifras de una nueva encuesta realizada por el Pew Research Center. En la encuesta solo un tercio de los estadounidenses aprobó el desempeño laboral de Biden y el 64 % lo desaprobó. Su posición ha caído significativamente desde principios de año, especialmente entre los electores demócratas, la aprobación de Biden dentro de su partido ha caído del 73 % a fines del año pasado a solo el 61 % ahora.

La inquietud en la izquierda (sobre la guerra entre Israel y Hamas, en particular) ha recibido mucha atención, pero las cifras de la encuesta sugieren que esa no es la principal fuente de los problemas de Biden. Entre los demócratas que se describen a sí mismos como liberales, el 66 % aprueba su desempeño; el 57 % de quienes se identifican como moderados o conservadores lo hace.

El expresidente Obama pasó por una disminución similar, aunque menos profunda, del apoyo entre sus coreligionarios demócratas en este momento de su presidencia. Logró unir a los demócratas, en parte presentando a su oponente republicano, Mitt Romney, como un plutócrata que no simpatiza con los problemas de los estadounidenses comunes y corrientes.

Los asesores de la Casa Blanca no han ocultado su plan para intentar hacer lo mismo enfocando sus mensajes a los votantes en los defectos de Trump, y el expresidente tiene una habilidad especial para recordarles a los votantes lo que no les gusta de él. Una vez que esté más consistentemente en el centro de atención, es probable que eso marque la diferencia. Pero Biden y sus aliados no deberían contar con el poder de la incumbencia en sí mismo para lograr una victoria: en estos días, ya no está claro que sea siquiera una ventaja.

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La creciente participación entre los votantes jóvenes ha generado repetidas victorias demócratas durante los últimos cinco años. El apoyo entre los votantes jóvenes impulsó a los candidatos demócratas a la Cámara de Representantes a alcanzar la mayoría en el 2018, dieron al presidente Joe Biden su ventaja ganadora en el 2020 e impulsaron los avances demócratas en estados muy disputados en el 2022.

Ahora, mientras muchos demócratas temen que su racha ganadora entre los votantes jóvenes esté a punto de terminar, una nueva e importante encuesta entre jóvenes estadounidenses proporciona una imagen detallada de sus opiniones. Aunque los resultados todavía ofrecen múltiples advertencias para el partido, son menos nefastos para los demócratas que otras encuestas recientes.

Según los pronósticos de la más reciente encuesta bianual entre jóvenes realizada por el Instituto de Política de Harvard, con toda probabilidad se verá una reducción en los niveles de participación electoral, pero son los republicanos y los independientes, no los demócratas, quienes tienen más probabilidades de expresar dudas sobre su participación. Y aunque muchos jóvenes estadounidenses están desencantados con Biden, no hay señales de una migración de votantes hacia el expresidente Donald Trump. En cambio, los candidatos independientes, incluido Robert F. Kennedy Jr., atraen niveles inusualmente altos de apoyo.

Los votantes jóvenes son un grupo en constante cambio. Cada año, alrededor de cuatro millones de estadounidenses cumplen 18 años y son elegibles para votar. La data demuestra que los estadounidenses que alcanzaron la edad para votar durante el mandato de Trump estaban más propensos a votar en su contra, lo que contribuyó en gran medida a esos grandes aumentos demócratas en el 2018 y 2020.

Pero aquellos que han alcanzado la mayoría de edad recientemente parecen haber tenido una experiencia muy diferente. Los hombres jóvenes, en particular, tienen una opinion más suspicáz sobre el gobierno.

Parte de esa decepción puede deberse a que los votantes no necesariamente han internalizado los genuinos logros políticos de la administración Biden. Otra parte puede debese al desencanto con los inevitables compromisos del gobierno hechos como promesas de campana que no siempre se cumplen. Algunos son el resultado de un cambio social más amplio.

Mientras los hombres jóvenes se han movido hacia la derecha, las mujeres jóvenes se han movido hacia la izquierda, en gran parte como reacción a la decisión del Tribunal Supremo de 2022 que puso fin a la garantía nacional del derecho al aborto. El resultado es una importante brecha de género entre los jóvenes estadounidenses, después de muchos años en los que la masa de votantes jovenes se movía al unísono sin distinción de género.

La mayoría de las encuestas de la población general solo incluyen un par de cientos de encuestados menores de 30 años, por lo que sus resultados tienen márgenes de error muy grandes. La encuesta de Harvard, por el contrario, se centra únicamente en los estadounidenses de entre 18 y 29 años, tanto estudiantes como no estudiantes.

La encuesta encuentra señales claras que apuntan a una menor participación: poco menos de la mitad de los jóvenes estadounidenses dijeron que “definitivamente” tenían planes de votar en el 2024; la proporción que afirma que votará ha caído ocho puntos desde hace cuatro años.

Entre los jóvenes demócratas, dos tercios dijeron que definitivamente votarían, una cifra que no ha cambiado significativamente desde hace cuatro años. Entre los republicanos, sin embargo, la encuesta encontró una fuerte caída de 10 puntos, a 56 % de 66 % que respondía en la afirmativa hace cuatro años.

El hecho de que la caída sea mayor entre los republicanos que entre los demócratas es una ventaja para Biden. Pero también hay una gran caída entre los independientes: del 41 % que respondía que votaría hace cuatro años el prociento se ha reducido al 31 %.

A diferencia de otras encuestas, la encuesta de Harvard muestra que Biden sigue manteniendo una sólida ventaja sobre Trump entre los jóvenes estadounidenses. Entre los votantes con probabilidades de participar en la elección, Biden lideraba 57% a 33 %. Eso es muy similar al 61%-35 % con el que Biden ganó entre los votantes de 18 a 29 años en el 2020, según el estudio sobre la votación de ese año del Pew Research Center, que generalmente es la fuente más precisa.

Pero el apoyo a los dos candidatos cambia de manera contrastante a medida que el universo de votantes crece: entre todos los votantes registrados, la ventaja de Biden cae a 48 %-33 %, según la encuesta. Entre todos los jóvenes de 18 a 29 años, incluidos los que no están registrados, el margen se reduce al 41 %-30 %. Esto va en contra de una creencia profundamente arraigada entre muchos demócratas de que una mayor participación siempre beneficia a su partido.

Trump no debe ser la única preocupación de Biden. La encuesta encontró que una gran proporción de votantes jóvenes se inclinaba hacia Kennedy, Jr. Cuando se les preguntó sobre una posible carrera entre cinco que involucraría a Biden, Trump, Kennedy, Cornel West y el senador Joe Manchin, que no ha decidido postularse, la encuesta encontró que el 15 % de los probables votantes de entre 18 y 29 años respaldan a uno de los independientes y otro 15 % que dijo que no sabía lo que haría.

Los candidatos de terceros partidos suelen desvanecerse durante una campaña, y la inclinación de Kennedy Jr. por las teorías de conspiración puede desanimar a muchas personas a medida que aprenden más sobre él. Por ahora, sin embargo, la encuesta indica que representa un riesgo significativo para Biden entre los votantes jóvenes. West y Manchin tienen mucho menos apoyo, según la encuesta.

El apoyo al aborto legal ha aumentado desde la última encuesta sobre este tema en el 2016. La proporción de jóvenes estadounidenses que creen que el aborto debería ser legal en todos los casos ahora es del 44 %, comparado al 36 % hace unos 7 años. La mayor parte del cambio provino de mujeres jóvenes, el 48 % de las cuales dice que el aborto debería ser legal en todos los casos.

Si su estado tuviera una iniciativa electoral sobre el aborto, el 64 % de los jóvenes que se autodenominan “pro-choice” dijeron que definitivamente votarían. Solo el 34 % de los que se consideran a sí mismos como “pro-life” dijeron que lo harían. Esto es consistente con votaciones recientes en toda la nación en las que el derecho al aborto ha prevalecido, incluso en estados conservadores.

La política del aborto ayudó a impulsar las victorias demócratas en estados muy disputados como Michigan en el 2022 y una elección del Tribunal Supremo estatal en Wisconsin esta primavera. Los estrategas demócratas esperan que el tema vuelva a motivar la participación de los votantes jóvenes el próximo año. Dados los muchos problemas de Biden, esa puede ser la mejor oportunidad que tengan para asegurar un triunfo en el 2024.

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Las encuestas de opinión pública son cada vez más comunes y son realizadas con mayor frecuencia por mayor número de medios, incluso fuera de la temporada electoral. ¿Están los políticos y líderes escuchando estas encuestas o hay alguna otra razón por la cual se encuesta cada vez con mayor frecuencia?

Cuando analizamos el tema de las encuestas vemos que algunos creen que el aumento en el número de encuestas y sondeos de opinión pública se debe a la creciente tendencia a favor de la teoría de la representación política. La teoría de la representación política supone que el político está en el cargo para ser la voz del pueblo que lo elige; no necesariamente para imponer su criterio sobre lo que conviene sino para operar en base a lo que piensa la mayoría. Por ejemplo, si los votantes quieren que el funcionario electo vote a favor de, o promueva, la legalización de la marihuana, el funcionario debería llevar a cabo las gestiones que están a su alcance a favor de la legalización de la marihuana, ya sea votando en el hemiciclo, implementando los reglamentos de rigor o asegurándose de que la política pública en el ejecutivo se mueve en esa dirección. Los funcionarios electos o candidatos que creen en la teoría de la representación política pueden encuestar al público antes de que se debata una votación importante para saber qué desea el público que hagan.

Otros creen que las encuestas y sondeos de opinión pública han aumentado porque los políticos, operan en modo de campaña permanentemente. Para seguir aportando dinero, los seguidores deben estar contentos y convencidos de que el político los está escuchando. Incluso si el funcionario electo no actúa de manera consistente con las encuestas, puede tener la encuesta como referente y prepararse para apaciguar los ánimos de sus seguidores explicando las razones detrás de la votación o acción.

Independientemente de por qué se realizan las encuestas, los estudios no han demostrado claramente si las ramas del gobierno actúan consistentemente en línea con, o como consecuencia de, los resultados de las encuestas. Algunas ramas parecen prestar más atención a la opinión pública que otras, pero los acontecimientos, los períodos de tiempo y la política pueden cambiar la forma en que reacciona en última instancia un individuo o una rama del gobierno.

Las elecciones son los acontecimientos sobre los cuales las encuestas de opinión tienen el mayor impacto. Las encuestas de opinión pública hacen más que mostrar cómo nos sentimos sobre ciertos temas o proyectar quién podría ganar una elección. Los medios de comunicación utilizan las encuestas de opinión pública para decidir qué candidatos están por delante de los demás y, por tanto, son de interés para los votantes y dignos de entrevista.

Las encuestas también están en el centro de la cobertura de las contiendas head-to-head de los candidatos de los partidos principales, en las que, al igual que un locutor en el hipódromo, los medios reseñan los movimientos de cada candidato a lo largo de la campaña presidencial. La cobertura de estas contiendas puede ser neutral, positiva o negativa, según las encuestas o los hechos que se cubran. La cobertura de contiendas head-to-head a menudo es criticada por su falta de profundidad; las historias pasan por alto las posiciones de política pública de los candidatos en temas importantes, los historiales de votación y otros hechos que ayudarían a los votantes a tomar una decisión informada. Sin embargo, la cobertura de estas contiendas es popular porque el público siempre está interesado en quién ganará y, a menudo, constituye un tercio o más de las noticias sobre las elecciones. Las encuestas a pie de urna, realizadas el día de las elecciones, son las últimas encuestas electorales realizadas por los medios de comunicación. Los resultados anunciados de estas encuestas pueden disuadir a los votantes de acudir a las urnas si creen que las elecciones ya están decididas.

Las encuestas de opinión pública también afectan la cantidad de dinero que reciben los candidatos en donativos de campaña. Los donantes asumen que las encuestas de opinión pública son lo suficientemente precisas como para determinar quiénes serán candidatos con mayores probabilidades de triunfo tanto en primarias como en las elecciones generales, y dan dinero a quienes obtienen buenos resultados. Los candidatos que no salen favorecidos en las encuestas tienden a tener dificultades para recaudar donativos, lo que a su vez aumenta las probabilidades de que sigan obteniendo malos resultados.

Los funcionarios electos que se postulan para la reelección también deben obtener buenos resultados en las encuestas de opinión pública, y estar en el cargo puede no proporcionar una ventaja automática. Los votantes suelen pensar tanto en el futuro como en el pasado cuando deciden a qué candidato apoyar. Tienen tres años de información o al menos de percepción sobre el incumbente, por lo que pueden predecir mejor lo que sucederá si éste es reelecto. Eso, dependiendo de la efectividad de la gestión pública del incumbente durante su mandato, puede redundar en que le resulte más fácil o difícil convencer al electorado.

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El presidente Joe Biden ha tenido un par de semanas difíciles en las encuestas, lo que ha profundizado la ansiedad entre sus compañeros demócratas sobre su edad, sus responsabilidades políticas y la posibilidad de que pueda perder una revancha contra el expresidente Donald Trump.

Los aliados de Biden desestiman el análisis que pinta un panorama sombrío. Ante las críticas y los pronósticos pesimistas, señalan el hecho de que los presidentes Bill Clinton y Barack Obama obtuvieron resultados miserables en las encuestas en el otoño de su tercer año y se recuperaron para ganar la reelección. La realidad es que las encuestas a un año de las elecciones tienen poca o ninguna capacidad para predecir el resultado.

La posición de Obama en este momento de su mandato no era muy diferente que la de Biden y provocó un nivel de ansiedad entre los demócratas que, en retrospectiva, suena muy familiar. El jefe de gabinete de Obama, William Daley, llegó incluso a comisionar una encuesta para determinar si a Obama le iría mejor si despidiera a su vicepresidente, el hoy presidente Biden, y lo reemplazara con la secretaria de Estado Hillary Clinton, una ganadora segura, según creían algunos en aquel momento.

Sin embargo, al igual que en el mundo de las inversiones en donde los asesores financieros siempre explican que el desempeño previo de una inversión no es un indicador certero sobre el desempeño que se puede esperar en el futuro, la historia nunca se repite con precisión. Biden enfrenta problemas que sus predecesores no enfrentaron. Su edad es uno. El trauma que persiste en toda la sociedad debido a la pandemia de COVID-19 es otro.

No se sabe si Biden podrá superar esos problemas. Pero ya se empieza a percibir cómo pretende intentarlo su campaña. La estrategia ya es visible en sus discursos de campaña. Tiene mucho que ver con lograr que los votantes se centren en Trump.

Las dos últimas elecciones presidenciales fueron reñidas: en el 2016, Trump obtuvo la mayoría en el colegio electoral al imponerse en tres estados clave (Pensilvania, Michigan y Wisconsin) por poco menos de 80,000 votos. En el 2020, Biden ganó en los tres estados en los que la contienda estuvo más cerrada (Arizona, Georgia y Wisconsin) por escasamente 44,000.

Quizás el 2024 sea diferente, pero si las encuestas en esta etapa pueden predecir algo, es que las elecciones de noviembre con toda probabilidad serán igual de reñidas. Esos mismos cinco estados, más Nevada, serán los principales escenarios de competencia.

También es una apuesta relativamente segura que muy pocas de las personas que votaron por Trump o Biden en el 2020 cambiarán de opinión al punto de emitir un voto por el contrincante. De los 158 millones de electores que votaron, algunos cambiarán de bando, pero el cambio es poco común en un electorado tan polarizado como el estadounidense. Lo que es mucho más probable que decida las elecciones es quiénes acuden a las urnas y quiénes se quedan en casa.

Ahí es donde radica la vulnerabilidad de Biden. Encuestas recientes han mostrado un patrón constante de grupos demócratas frustrados con la presidencia de Biden. Eso incluye a los votantes más jóvenes, a los votantes latinos y a los votantes negros más jóvenes, especialmente a los hombres negros más jóvenes.

El descontento de la izquierda por el apoyo de Biden a Israel en su guerra con Hamás también ha creado debilidad entre los votantes progresistas.

De hecho, la encuesta más reciente del Instituto de Estudios Gubernamentales de UC Berkeley/Los Angeles Times a votantes de California ilustró ese patrón, que también aparece en las encuestas de estados indecisos: uno de cada cuatro votantes que dijeron que votaron por Biden en 2020 ahora le dan una opinión negativa en el índice de aprobación, según la encuesta. Los votantes latinos, que estaban divididos equitativamente sobre el desempeño de Biden en una encuesta anterior realizada en mayo, ahora desaprueban su trabajo por 14 puntos, 55 % a 41 %.

Eso no significa que los votantes jóvenes o negros estén dispuestos a recurrir a Trump. La encuesta de Berkeley no mostró señales de un aumento en el apoyo a Trump. Lo que sí significa es que una proporción significativa de esos votantes podría decidir no participar en las elecciones.

Una campaña de reelección tiene tres objetivos principales: aumentar el índice de aprobación del titular, lograr que los votantes se concentren en los defectos del retador y ganarse a una parte de los votantes que expresan una leve desaprobación. A escasamente un año de que los votantes vayan a las urnas, según las encuestas, el camino a la reelección está trazado. Queda por verse si el equipo de Biden puede lograr cada uno de estos objetivos para revalidar tal y como hicieron Clinton y Obama.

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El martes de la semana pasada los votantes de Virginia, Ohio, Kentucky y un puñado de otros estados acudieron a las urnas para hacerse sentir. Los analistas mantenían que los resultados serían una prueba de cómo les iría a los demócratas en las elecciones presidenciales del próximo año. Lo acontecido representa buenas noticias para los demócratas y el derecho al aborto.

Durante años, los que favorecen el derecho al aborto advirtieron que elegir republicanos para el Congreso y la Casa Blanca eventualmente resultaría en una mayoría conservadora en el Tribunal Supremo de Estados Unidos que anularía Roe vs. Wade, el caso de 1973 que protegía el acceso al procedimiento médico. Tenían razón en preocuparse: el año pasado, el tribunal hizo precisamente eso, devolviendo la determinación sobre el derecho al aborto a los votantes en los estados de todo el país.

Los demócratas y sus aliados han contratacado, criticando a los republicanos por respaldar la prohibición del aborto sin excepciones para las sobrevivientes de violación e incesto, prohibiciones que son rechazadas por una mayoría de los votantes de ambos partidos. Los grupos defensores del derecho al aborto y sus aliados han presionado para que se adopten nuevas leyes estatales y protecciones constitucionales estatales para el procedimiento. En muchos casos, estos grupos han utilizado medidas electorales al estilo de la aprobada en California para llevar la decisión sobre este asunto directamente a los votantes.

Cuando una niña de 10 años de Ohio tuvo que cruzar fronteras estatales para interrumpir su embarazo el verano pasado, lo que atrajo titulares a nivel nacional, los activistas de ese estado se movilizaron para promover una medida electoral que consagrara protecciones en la constitución estatal. Los republicanos intentaron frustrar ese esfuerzo mediante otra medida electoral que habría requerido una supermayoría del 60 % para enmendar la constitución del estado. Pero la medida respaldada por el Partido Republicano fracasó, dando paso al éxito de la propuesta sobre el derecho al aborto. El martes, los electores de Ohio aprobaron una enmienda constitucional para proteger el derecho de una persona a “tomar y llevar a cabo sus propias decisiones reproductivas”.

Los demócratas también obtuvieron victorias en Virginia, donde tomaron el control de la Cámara estatal y protegieron su estrecha mayoría en el Senado estatal. El actual gobernador republicano de Virginia, Glenn Youngkin, y su partido esperaban prohibir la mayoría de los abortos después de 15 semanas, pero los demócratas bloquearon efectivamente ese plan ampliando sus filas.

Los demócratas en Kentucky también obtuvieron ganancias. Andy Beshear, quien publicó anuncios sobre el derecho al aborto en el estado de color rojo intenso, permanecerá en la Gobernación.

Pero aunque los demócratas obtuvieron grandes victorias el martes, se vislumbran nubes de tormenta en el horizonte para el líder del Partido Demócrata. Aunque los demócratas obtuvieron buenos resultados el martes, es evidente que Biden se ha vuelto cada vez más impopular y vulnerable, incluso dentro de su partido.

Por primera vez en su presidencia, una mayoría de los votantes desaprueba el desempeño de Joe Biden, ya que el apoyo a él ha caído drásticamente entre los principales grupos de tendencia demócrata, según muestra una nueva encuesta del NY Times. Estos hallazgos son similares a una encuesta de CNN realizada en las últimas semanas. La encuesta encontró que el expresidente Donald Trump aventaja a Biden entre un 49 % y un 45 % entre los votantes registrados en una hipotética revancha. El 51 % de los votantes en toda la nación dijeron que nunca respaldarían a Biden y el 48 % dijo que nunca apoyarían a Trump.

Aún falta un año para las elecciones, pero estos resultados, que se producen mientras Trump se defiende de múltiples juicios penales y civiles en varios estados por acusaciones de mal manejo de registros clasificados, intento de anular las elecciones de 2020 y más, no auguran nada bueno para el Presidente.

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Los homicidios en Estados Unidos disminuyeron significativamente en el 2022 y se han desplomado aún más rápido este año, lo que coloca a gran parte de la nación en camino a una de las mayores reducciones en asesinatos jamás registradas, según muestran las estadísticas sobre criminalidad.

Si esto le sorprende, no está solo.

La delincuencia aumentó en toda la nación en el 2020 y 2021. El disloque ocasionado por una pandemia de proporciones históricas, un aumento récord en la disponibilidad de armas, un retroceso de la actividad policial en algunas ciudades y quizás otros factores se combinaron para crear un aumento en los homicidios y otros delitos.

Esa ola nacional de aumento en la criminalidad ha comenzado a retroceder, pero la percepción pública no ha seguido el ritmo. Esto continúa influyendo en los debates políticos tanto a nivel local como a nivel nacional, incluso cuando la realidad se aleja cada vez más de la retórica.

Comencemos con los números.

El informe anual del FBI sobre las estadísticas criminales de la nación mostró una disminución del 6 % en los homicidios en el 2022. La caída superó lo que esperaban la mayoría de los expertos en estos temas. Los datos del FBI, reflejan la data compilada de informes presentados por 18,888 departamentos de policía estatales y municipales. Según la data, en lo que va del año, los homicidios en toda la nación han disminuido entre un 11 % y un 12 %. Una reducción del 10 % sería la mayor jamás registrada.

La disminución va más allá de los homicidios: los delitos violentos en general disminuyeron en 2022 en todo el país, según mostraron las cifras del FBI, lo que devolvió a Estados Unidos prácticamente al nivel de 2019, antes del aumento de la era COVID-19. Esto es consistente con el patrón de los últimos doce años. A pesar de algunas fluctuaciones, los delitos violentos en toda la nación se han mantenido en gran medida al mismo nivel desde 2011, cuando se estancaron después de 20 años de descensos constantes.

Eso no significa que todas las categorías de delitos hayan disminuido. Los robos de automóviles, por ejemplo, se han disparado en muchas partes de la nación, en parte debido a una ola de videos en las redes sociales que muestran formas fáciles de robar automóviles Kia y Hyundai.

Entonces nos preguntamos, ¿Por qué la brecha entre percepción y realidad

El poder de la anécdota explica gran parte de esto: en una nación de casi 340 millones de habitantes, se comete algún delito cada hora, todos los días. Esos incidentes quedan grabados en la mente de la gente, especialmente cuando los detalles son espeluznantes. Las historias vívidas tienen mucho más poder que los números secos para moldear la forma en que las personas ven su mundo. Y en la era de las redes sociales, los delitos en cualquier lugar pueden estar a solo un clic de distancia.

Cada vez que hay un robo, simplemente se amplifica en la mente de la gente que el crimen está fuera de control. Las anécdotas tienen un impacto aún mayor cuando son recientes y las estadísticas sobre criminalidad no lo son. A diferencia de las estadísticas económicas, que llegan mensualmente en tiempo real, el sistema estadounidense para informar datos sobre delitos, creado por primera vez en la década de 1930, sigue siendo anticuado y lento. Cuando el gobierno informa los datos, a menudo son demasiado antiguos para informar los debates tanto locales como nacionales.

La naturaleza localizada de la mayoría de los delitos también influye. Cualquier año, cualquiera que sea la tendencia nacional, es probable que alguna ciudad experimente un aumento en la delincuencia, a menudo sin una causa clara. Este año, por ejemplo, Washington, D.C., ha sufrido un fuerte aumento en los asesinatos, en marcado contraste con la disminución a nivel nacional. San Francisco ha experimentado una ola de robos en comercios minoristas que ha tenido cobertura en los medios a nivel nacional. Las noticias tienden a centrarse en lo inusual, no en lo rutinario, por lo que esos sucesos atípicos reciben una atención desproporcionada.

Y, por supuesto, parte de lo que causa la brecha entre la percepción y la realidad es la política. Incluso cuando el crimen está disminuyendo en toda la nación, algunas personas viven en vecindarios inseguros y tienen temores muy reales de ser victimas del crimen. Sin embargo, no son los votantes que más a menudo respaldan políticas tradicionalmente consideradas duras contra el crimen (penas más largas, por ejemplo, o poderes policiales ampliados). Esos votantes, generalmente mayores, conservadores y blancos, suelen vivir en zonas con una tasa de criminalidad relativamente baja. Cuando se les encuesta, con frecuencia califican sus propios vecindarios como seguros, pero dicen que el crimen está rampante en otros lugares

Sin embargo, hay evidencia de que incluso si las percepciones públicas sobre el crimen siguen en desacuerdo con la realidad, los votantes son menos propensos a apoyar “encerrarlos” como solución.

Investigaciones sobre el tema reflejan que se pueden contrarrestar los mensajes que tienden a alarmar sobre supuestos aumentos en la tasa de criminalidad enfatizando el apoyo a medidas como la ampliación del tratamiento de salud mental y la retirada de las armas de las calles.

Un enfoque de prevención más integral es más popular que simplemente castigar para salir del problema. La experiencia electoral respalda esa afirmación. Y si eso es cierto cuando los votantes piensan que la delincuencia está aumentando, imagínese el nivel de respaldo a dichas medidas si los votantes comienzan a notar que la tasa de criminalidad está disminuyendo.

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