Me levanté lista para ponerme hermosa porque entendí que me lo merecía. Fui a la tienda, me compré un traje rojo con brillo, ceñido al cuerpo, marcando mis curvas, haciéndome sentir como toda una reina. Me arreglé el cabello, me puse maquillaje, unos tacones altos y salí para darle una sorpresa al amor de mi vida, quería que apreciara la dama que tenía a su lado.

Justo cuando abrí la puerta, su mirada de disgusto y sus palabras: “Pareces una prostituta. Vergüenza deberías de sentir. Qué asco salir con una mujer como tú. ¿Cómo te atreves a ponerte esa ropa? ¿Vestirte así? ¿No pensaste en mí? ¿Cómo voy a estar a tu lado?”

Su rostro quebrantó mi corazón, mis ojos se llenaron de lágrimas y seriamente, en ese momento, consideré terminar la relación…pero no pude. El miedo a la soledad, la duda sobre si me estaba diciendo la verdad, pensar en cómo iba a conseguir a alguien que amara a una mujer como yo, una que da asco y vergüenza, simplemente, no podía.

Me paralicé. Respiré profundo y dije: “Entiendo tu molestia, te pido perdón y no lo volveré a hacer. Mañana mismo botaré el vestido para que no lo vuelvas a ver”.

Su respuesta me calmo: “Muy bien, así es mejor, porque ese gesto salvará nuestra relación. Tú, estabas buscando que te dejara, por atrevida.”

En ese momento, reviví mi trauma de la niñez. El maltrato de mi padre y cómo me pegaba antes de dormir por no seguir instrucciones. Recordé su fuerte olor a alcohol y su mirada penetrante bajo coraje, decepcionado, porque no había hecho todo lo que me había pedido, exactamente como me lo había pedido. Poco después, traté de recordar por qué mi padre me abandonó cuando solo era una niña. Pensé por qué se fue, ¿será que la historia se repetirá? Al menos, por un día más, me aseguré de que mi pareja no me dejara como lo hizo mi papá. Yo no quería estar sola y mucho menos por mi culpa, como me hizo creer mi padre.

Poco después, mantuve una sonrisa, compartí y me aseguré de seguir todas las instrucciones. Actué como si todo estuviera bien; lo aprendí de mi madre; a ser toda una “dama”.

Por horas todo fue hermoso, una noche mágica, de ensueño, pero al poco tiempo, la pesadilla continuó.

Según mi pareja, me porté mal y perdí el privilegio de pasar la noche a su lado, a lo que me resistí porque no entendía cómo después de haber seguido sus instrucciones, pretendía dejarme así, sola y abandonada.

Cuando le pedí que por favor reconsiderara su decisión, me empujó a las escaleras, me pilló con el portón y me dejó con moretones en los brazos y las rodillas llenas de sangre.

Así que entendí el mensaje y me fui, con la poca dignidad que me quedaba, a mi casa sola, a dormir. Pasé horas durmiendo, sin comer, ni siquiera un baño, me sentía miserable, culpable. Tenía que resolverlo.

Al día siguiente me levanté y lo llamé, le pedí perdón por mi falta de comprensión y le aseguré que me iba a portar bien, como toda una “dama”, sonriendo y saludando como si todo estuviera bien porque yo no quería ponerlo en vergüenza y mucho menos quería que me dejara. No quería estar sola.

Con el pasar de los años, los incidentes violentos fueron aumentando. Consideré quitarme la vida y hasta tuve que esconderme en casa de familiares para que mi agresor no me encontrara, pero siempre, con miedo a la soledad, yo regresaba. No quería estar sola.

Yo sabía que al menos, por periodos cortos, la alegría iba a durar, ese lado romántico de mi pareja iba a relucir y era cuestión de tiempo que me hiciera sonreír. Pero también conocía su lado oscuro, el que me daba ansiedad, malestar estomacal, dolor de pecho, migraña y me paralizaba. Simplemente no me podía mover. Era como si algo me parara, un trance, un estado de “shock”. Entraba en un comportamiento automático, como una máquina, siguiendo instrucciones para evitar discusiones, porque todo era mi culpa.

Hasta que un día me armé de valor, busqué ayuda y dije: ”Basta ya.” Me comuniqué con profesionales dedicados a atender a sobrevivientes del maltrato de género.

Estuve horas contando todo lo acontecido, absolutamente todo, para poder iniciar un nuevo camino. Uno de paz y amor propio porque yo me lo merecía.

En ese momento, descubrí que estaba en un ciclo de maltrato. La respuesta que tanto buscaba, contestando mi calvario.

La etapa de luna de miel, donde todo estaba bien; la calma, cuando creía que ya había cambiado; la acumulación de tensión, en la cual los ánimos se empezaban a calentar; y al final, la etapa peor, la agresión; la física, la verbal, la económica y la sexual.

Muchas no dejaron marcas en el cuerpo, pero sí en el corazón. Estas lo destruyeron lentamente, por dentro, sin embargo nadie lo podía ver. No había evidencia, no había rastro pero yo, la víctima, lo sabía. Era muy duro que alguien me pudiera creer, porque no había nada, absolutamente nada.

Es ahí cuando más fuerte debía ser porque, aunque ante al mundo parecía estar bien, por dentro me moría y tenía que salir, por mí, porque yo importo y yo valgo.

Con la ayuda de personas nobles, profesionales, amigos y familiares, pude, poco a poco, salir. Tardé años, pero salí.

Y cuando salí, qué bien me sentí. Pude respirar aire fresco, comer en paz, hablar con personas sin tener que bajar la mirada, caminar con la frente en alto mirando al cielo y hasta retomé metas que había dejado de seguir por años. Sentí que volví a nacer y que por fin, sí, estaba sola, pero esta vez estaba feliz y me tenía a mí. Solamente a mí y me amé. Así que me vestí, salí, me compré un vestido rojo, unos tacones altos, me maquillé y peiné. Me miré al espejo, sonreí, salí por la puerta y me fui a divertir. Todo para mí. Sola, pero feliz.