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El presidente Joe Biden ha tenido un par de semanas difíciles en las encuestas, lo que ha profundizado la ansiedad entre sus compañeros demócratas sobre su edad, sus responsabilidades políticas y la posibilidad de que pueda perder una revancha contra el expresidente Donald Trump.

Los aliados de Biden desestiman el análisis que pinta un panorama sombrío. Ante las críticas y los pronósticos pesimistas, señalan el hecho de que los presidentes Bill Clinton y Barack Obama obtuvieron resultados miserables en las encuestas en el otoño de su tercer año y se recuperaron para ganar la reelección. La realidad es que las encuestas a un año de las elecciones tienen poca o ninguna capacidad para predecir el resultado.

La posición de Obama en este momento de su mandato no era muy diferente que la de Biden y provocó un nivel de ansiedad entre los demócratas que, en retrospectiva, suena muy familiar. El jefe de gabinete de Obama, William Daley, llegó incluso a comisionar una encuesta para determinar si a Obama le iría mejor si despidiera a su vicepresidente, el hoy presidente Biden, y lo reemplazara con la secretaria de Estado Hillary Clinton, una ganadora segura, según creían algunos en aquel momento.

Sin embargo, al igual que en el mundo de las inversiones en donde los asesores financieros siempre explican que el desempeño previo de una inversión no es un indicador certero sobre el desempeño que se puede esperar en el futuro, la historia nunca se repite con precisión. Biden enfrenta problemas que sus predecesores no enfrentaron. Su edad es uno. El trauma que persiste en toda la sociedad debido a la pandemia de COVID-19 es otro.

No se sabe si Biden podrá superar esos problemas. Pero ya se empieza a percibir cómo pretende intentarlo su campaña. La estrategia ya es visible en sus discursos de campaña. Tiene mucho que ver con lograr que los votantes se centren en Trump.

Las dos últimas elecciones presidenciales fueron reñidas: en el 2016, Trump obtuvo la mayoría en el colegio electoral al imponerse en tres estados clave (Pensilvania, Michigan y Wisconsin) por poco menos de 80,000 votos. En el 2020, Biden ganó en los tres estados en los que la contienda estuvo más cerrada (Arizona, Georgia y Wisconsin) por escasamente 44,000.

Quizás el 2024 sea diferente, pero si las encuestas en esta etapa pueden predecir algo, es que las elecciones de noviembre con toda probabilidad serán igual de reñidas. Esos mismos cinco estados, más Nevada, serán los principales escenarios de competencia.

También es una apuesta relativamente segura que muy pocas de las personas que votaron por Trump o Biden en el 2020 cambiarán de opinión al punto de emitir un voto por el contrincante. De los 158 millones de electores que votaron, algunos cambiarán de bando, pero el cambio es poco común en un electorado tan polarizado como el estadounidense. Lo que es mucho más probable que decida las elecciones es quiénes acuden a las urnas y quiénes se quedan en casa.

Ahí es donde radica la vulnerabilidad de Biden. Encuestas recientes han mostrado un patrón constante de grupos demócratas frustrados con la presidencia de Biden. Eso incluye a los votantes más jóvenes, a los votantes latinos y a los votantes negros más jóvenes, especialmente a los hombres negros más jóvenes.

El descontento de la izquierda por el apoyo de Biden a Israel en su guerra con Hamás también ha creado debilidad entre los votantes progresistas.

De hecho, la encuesta más reciente del Instituto de Estudios Gubernamentales de UC Berkeley/Los Angeles Times a votantes de California ilustró ese patrón, que también aparece en las encuestas de estados indecisos: uno de cada cuatro votantes que dijeron que votaron por Biden en 2020 ahora le dan una opinión negativa en el índice de aprobación, según la encuesta. Los votantes latinos, que estaban divididos equitativamente sobre el desempeño de Biden en una encuesta anterior realizada en mayo, ahora desaprueban su trabajo por 14 puntos, 55 % a 41 %.

Eso no significa que los votantes jóvenes o negros estén dispuestos a recurrir a Trump. La encuesta de Berkeley no mostró señales de un aumento en el apoyo a Trump. Lo que sí significa es que una proporción significativa de esos votantes podría decidir no participar en las elecciones.

Una campaña de reelección tiene tres objetivos principales: aumentar el índice de aprobación del titular, lograr que los votantes se concentren en los defectos del retador y ganarse a una parte de los votantes que expresan una leve desaprobación. A escasamente un año de que los votantes vayan a las urnas, según las encuestas, el camino a la reelección está trazado. Queda por verse si el equipo de Biden puede lograr cada uno de estos objetivos para revalidar tal y como hicieron Clinton y Obama.

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